IA de autor

Circula una idea muy cómoda según la cual la inteligencia artificial va a democratizar la creación. Cualquiera podrá escribir, diseñar, programar y facturar sin haber aprendido nada de eso, el talento dejará de ser un cuello de botella y por fin seremos todos artistas, como en el Renacimiento pero con suscripción mensual.

De momento, lo único que se ha democratizado es el spam: un océano de texto que nadie había pedido y correos comerciales que empiezan por «espero que este mensaje te encuentre bien», que es la manera más educada que conozco de avisar de que eso no lo ha escrito una persona, sino una inteligencia artificial educada en inglés con rudimentarios conocimientos del viejo castellano.

A esta idea se le escapa un pequeño detalle: la máquina no tiene criterio, o al menos todavía no. Ejecuta obedientemente lo que le pongas delante. Si se lo pone alguien que ha escrito mucho, hasta dejar desgastadas las letras del teclado, sale un buen trabajo. Si se lo pone alguien que no distingue un texto vivo de uno simplemente correcto, sale lo de siempre, pero a una velocidad a la que nadie tiene tiempo de darse cuenta.

A eso lo llamo IA industrial, y seguro que hoy ya te la has cruzado: genera cuarenta variantes de un anuncio que dicen lo mismo y escribe el post que podría haber firmado cualquiera, porque literalmente no lo ha firmado nadie. Tiene hasta su propia estética, esa cosa azul de circuitos y cerebros luminosos que parece salida de un departamento de marketing que descubrió el degradado y todavía no se ha recuperado del susto.

Yo defiendo lo contrario por una razón muy poco romántica: funciona mejor.

IA de autor significa tres cosas, y las tres se pueden comprobar:

Que hay alguien identificable que decide qué entra y qué no, y que responde de ello. Con nombre y apellidos, no con «nuestro equipo» ni con «nuestra metodología», que son las dos maneras más elegantes de que nadie sea responsable de nada.

Que el material de partida es propio: tu criterio, tus datos, tu voz, tu experiencia. La alternativa es la media de internet, que reproduce con una fidelidad admirable la media de internet.

Que se automatiza el trabajo mecánico y nunca el juicio. La máquina mueve y la persona decide. En cuanto la máquina decide, esto deja de ser de autor y pasa a ser una fábrica pequeña.

Con la ficción pasa lo mismo, y la gente se pone bastante más nerviosa. La IA es mi editor, no mi escritor. Un editor no escribe tu libro: te lo devuelve lleno de tachones, te dice que ese capítulo es un peaje y te pregunta qué querías contar exactamente. El mío lo hace a las dos de la mañana y no se cansa nunca de decir que no. La prosa sigue siendo mía, con sus virtudes y sus vicios, que están abundantemente documentados en una novela que sigue a mitad de revisión.

Escribí durante años sin una sola línea de máquina, entre otras cosas porque las máquinas de entonces encadenaban dos frases con la gracia de un folleto de seguros. Me sirve de grupo de control: he escrito con editor artificial y sin él, y sé lo que cambia y lo que no.

Todo esto sería una postura estética si no fuera por un problema práctico: para dirigir una herramienta hay que saber cuándo se equivoca, y eso no se descarga. Se aprende escribiendo mucho y mal durante años. En mi caso, publicando unas tres piezas al día entre El Androide Libre, La Jungla y blogs de clientes. La máquina escribe pasable a una velocidad de vértigo. Distinguir lo pasable de lo bueno sigue siendo cosa nuestra, y ese oficio no viene incluido en la suscripción.

En esta web cuento lo que he montado, lo que costó y lo que se rompió por el camino. Lo firmo yo, que para algo le puse mi nombre al dominio.